Como el bálsamo de Fierabrás


     Hace unos años un reportaje del periódico "The Observer"  sacó a la luz la noticia de que había Prozac en el agua potable de Gran Bretaña.  Los responsables de medio ambiente reconocieron que el antidepresivo estaba llegando a los ríos desde el agua residual tratada, y que se podía encontrar de forma muy diluida tanto en los sistemas fluviales como en las aguas subterráneas, pero que no tenía ninguna trascendencia para la salud.

     Prozac es el nombre comercial de la fluoxetina, un medicamento para tratar  el Trastorno Depresivo Mayor, y que al parecer se estaba consumiendo de forma masiva, algo así como millones y millones de cajas.

     Si consultamos la prevalencia de la depresión, definida con criterios médicos, y el número de envases vendidos, vemos que matemáticamente es imposible que el famoso medicamento se estuviera usando con rigor.

     Y es que una cosa es la depresión con significado clínico y otra cosa son los  avatares propios de la vida que producen un estado de ánimo triste, y mas si se tienen unas expectativas desmesuradas de ser feliz.

    El tema, aparte de ser un problema de salud pública y de tocar de lleno la concepción misma de la existencia, tiene un importante trasfondo económico que es trasladable también a nuestro país y a muchas otras especialidades farmacéuticas. Son millones de euros los que las arcas públicas dedican a sufragar medicamentos necesarios y  de reconocida efectividad, pero que parece que se toman con un criterio bastante flexible.

    El omeprazol es un inhibidor de la secreción de ácido clorhídrico que previene la gastropatía por antiiflamatorios en personas mayores o con antecedentes de ulcera o hemorragia, pero que sin embargo se ha generalizado  como  "protector gástrico" para toda la población, con poco soporte científico.

     La simvastatina es un fármaco contra el colesterol cuyo uso sin haber sufrido un infarto es más que discutible. Y así podríamos seguir con los medicamentos contra la demencia, los antibióticos o los ansiolíticos. Todos ellos importantísimos, pero con unas indicaciones especificas y un balance de riesgos y beneficios.

     Es cierto que  gracias al impulso de las empresas dedicadas al sector muchos  profesionales han podido investigar y encontrar formulas químicas que han supuesto un espectacular avance en la lucha contra la enfermedad y el sufrimiento, una mejora en la calidad  de vida para millones de personas y una contribución al aumento espectacular de la supervivencia.

    Pero también es cierto que la razón de ser de cualquier empresa es cuadrar el balance de ingresos y gastos, y en este aspecto las multinacionales farmacéuticas saben muy bien lo que se traen entre manos. Algunas de las estrategias que han puesto en marcha para aumentar las ventas merecen ser estudiadas como obras de arte del ingenio humano.

    Durante años ha venido funcionando con gran éxito: el uso sistemático de los medios de comunicación para hablar de nuevas enfermedades  y síndromes, muchos de ellos ficticios; la difusión a la población de las bondades de determinados medicamentos para que sean los propios ciudadanos los que saquen directamente los productos en la farmacia y luego pidan la receta al medico; o hacer llegar a los profesionales información parcial de los hallazgos, minimizando los riesgos y exagerando los beneficios, para crear una corriente de opinión favorable a todo lo nuevo.

   En estos momentos de incertidumbre, es importante recordar, que la factura de los medicamentos recetados en muchos centros sanitarios es superior al coste de la nómina de todos sus trabajadores.  Así que uno de los aspectos mas relevantes para contribuir a la viabilidad del sistema público, no está en sitios lejanos, sino a pie de obra, en el día a día de  profesionales altamente cualificados, que tienen como misión tomar decisiones basadas en la mejor evidencia científica disponible, incluso en los casos en que las pruebas indiquen que es mejor no recetar.

     Porque puestos a dejarnos arrastrar por la idea de que todos los descubrimientos de la farmacología son el "Bien Absoluto", casi sería mejor añadir, junto al cloro del agua potable, un cóctel con cantidad suficiente de Prozac, omeprazol, simvastatina, y ya puestos ibuprofeno. Así tendríamos un bálsamo de Fierabrás como el que tomó don Quijote, pero al alcance de todas la personas sin distinción de origen, sexo, religión o nacionalidad.


(Publicado en Diario Sur el 5/11/2012)


http://www.scribd.com/doc/117136455/Diario-Sur-5-Nov-1