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Fumadores y obesos del mundo...

Según la información recogida por The Independent, los fumadores tendrán que dejar de fumar y los obesos tendrán que dejar de serlo para poder operarse en el NHS, el Sistema Nacional de Salud del Reino Unido. El director de uno de los proveedores sanitarios afirma que de alguna manera tienen que cuadrar las cuentas, los recursos no son suficientes para cubrir los gastos.

No es la primera vez que se escuchan estos planteamientos. A lo largo de su historia, el NHS ha sido a menudo punta de lanza en distintas controversias ideológicas. El Laborismo de posguerra consolidó la idea del Estado como benefactor y responsable de las necesidades básicas de los ciudadanos. Sin embargo, en los años de Liberalismo de Margaret Thatcher prosperó el planteamiento de que lo público era poco eficiente y que un exceso de protección daba lugar a personas débiles que no luchaban para arreglar por si mismas sus problemas. La vuelta del Laborismo de Tony Blair y Gordon Brown supuso una actualización de la apuesta por lo público, pero para evitar los problemas de ineficiencia de la primera etapa, incorporaron mecanismos de competencia propios de la empresa privada, como el salario variable para los empleados públicos en función de resultados, y también se intentó responsabilizar a los ciudadanos con su propia salud y con el uso de los servicios sanitarios. En este contexto ya se escuchó la propuesta de no dar determinados servicios a los fumadores. Y de nuevo estamos en la etapa conservadora con su propia visión sobre lo público y sobre la responsabilidad individual.

Vistos desde nuestro país, estos planteamientos producen perplejidad y más cuando, para nosotros, el NHS británico ha sido siempre nuestro hermano mayor, el metro patrón con el que compararnos. Y es que la idea de que la igualdad de oportunidades para acceder a la asistencia sanitaria es un valor que hay que proteger ha sido, hasta ahora, uno de los paradigmas que ha guiado el diseño de nuestro sistema sanitario. Además, considerar la obesidad y el tabaquismo como simples opciones individuales que no están determinadas por otros factores sociales, parece una falacia. De hecho, los hábitos de vida saludables no se distribuyen de forma homogénea entre toda la población, sino que los datos muestran que las personas con menos ingresos y con menos estudios tienen más posibilidades de terminar fumando y siendo obesas, por lo que dificultarles además el acceso a los servicios sanitarios sería una tremenda injusticia incompatible con el respeto a los valores morales mayoritariamente aceptados.

Claro que, como lleva años explicando el profesor Diego Gracia desde su magisterio de Bioética, para tomar decisiones justas sobre el destino de los recursos públicos hay que tener en cuenta tanto los principios morales como las consecuencias, incluidas las consecuencias económicas, ya que el gasto que generen las prestaciones debe de ser asumible para la sociedad. Un difícil equilibro entre los principios y los recursos. Difícil porque los primeros nos llevan a plantear necesidades infinitas, mientras que los segundos siempre son finitos, tanto en las épocas prósperas como en las crisis.

Ya en el siglo XIX, mucho antes de la proliferación de las enfermedades crónicas y de las innovaciones tecnológicas y terapéuticas, y mucho antes también de que se vislumbrara el cambio de época que estamos viviendo, economistas alemanes elaboraron las leyes de la evolución de los bienes de consumo al observar que a medida que aumentaba el presupuesto, el porcentaje utilizado para bienes alimenticios disminuía, el destinado a bienes de confort permanecía estable, mientras que el porcentaje para servicios aumentaba. Los servicios sanitarios se comportan pues como bienes de consumo que cumplen la tercera ley, por lo que lo esperado es que crezcan más que la riqueza de un país. 

Aunque para ser justos con el NHS, hay que decir que desde el Reino Unido también han surgido iniciativas que abordan de forma respetuosa el binomio de principios y recursos.  Ya que después de una larga historia encaminada a medicalizar todos los aspectos de la vida con diagnósticos, pruebas y medicamentos, el “Do not do” del National Institute Clinical Excelence, inspirado en la experiencia norteamericana y que ya ha sido asumido por la mayoría de las sociedades científicas de nuestro país, propone dejar de hacer cosas, dejar de prescribir fármacos y dejar de indicar pruebas diagnósticas cuyos beneficios no estén suficientemente contrastados por la ciencia. Y es que la actividad sanitaria innecesaria no mejora la salud y es terriblemente injusta para el bien común, e injusta también para los obesos y para los fumadores.


Publicado en Diario Sur el 1 de Octubre de 2016 



El rigor de las decisiones


Si nos buscamos en el listado de los veinticinco países más ricos del mundo no nos encontraremos. Nuestra tasa de desempleo es la más alta de Europa después de la de Portugal y nuestro coeficiente de desigualdad solo es superado por Lituania y Letonia. Los tres países europeos que tienen un menor gasto sanitario por habitante, incluso ajustándolo por riqueza y poder adquisitivo, son España, Portugal y Grecia.
 
Sin embargo, según los datos de la OCDE, la esperanza de vida a los sesenta y cinco años en nuestro país solo es superada por Japón. El Institute for Health Metrics and Evaluation de la Universidad de Washington ha analizado las treinta principales causas de mortalidad en todo el mundo y entre los resultados destaca que Suecia, Italia y España son los países con menor mortalidad prematura. Bloomberg, la empresa norteamericana dedicada a software financieros, ha publicado en 2013 un informe sobre la eficiencia de los sistemas sanitarios, es decir, sobre los resultados obtenidos en relación con los recursos utilizados, y en los primeros cinco puestos están Hong Kong, Singapur, Japón, Israel y España.
 
En resumen, no somos ricos, tenemos paro y desigualdad, y destinamos poco dinero a la asistencia sanitaria comparado con otros países y, sin embargo, los indicadores que miden los resultados en salud de las últimas décadas son excelentes.
 
Si hacemos la misma observación en las distintas comunidades autónomas, podemos comprobar que en Andalucía se repite la misma disparidad entre los datos de los indicadores de salud por una parte y los niveles de riqueza, paro, desigualdad y dinero disponible por habitante para asistencia sanitaria por la otra.
 
 
Con las matemáticas en la mano, parece pues que tendríamos que estar orgullosos de haber construido entre todos un sistema sanitario como este, no exento de complejidad, sino al contrario, tremendamente complejo, pero con un diseño y una estructura, tanto clínica como de gestión, que ha permitido obtener de forma global mejores resultados que los que cabría esperar a tenor de los recursos de que disponemos y del nivel de desarrollo que tenemos como sociedad.
 
Pero nada más lejos de la realidad. Si consultamos la hemeroteca podemos comprobar que aunque el sistema sanitario público ha gozado del reconocimiento de los ciudadanos, también ha sido cuestionado continuamente por los más diversos motivos: expectativas sobre la salud y la enfermedad que realmente no se han cumplido, creencia en la superioridad de las leyes del libre mercado sobre la gestión pública, desacuerdo con el rumbo que han marcado muchas decisiones de gestión o, simplemente una variada casuística de agravios individuales.
 
La disminución de los presupuestos de los servicios públicos en estos años de crisis obviamente ha exacerbado este cuestionamiento del que no han estado ajenos una parte de sus propios trabajadores. Aunque es verdad que el intento de privatizar la gestión de la asistencia sanitaria en Madrid ha despertado una amplia contestación entre los sanitarios, también es cierto que algunos profesionales nunca se han sentido cómodos en el papel de asalariados de la administración, incluso diversas asociaciones profesionales siempre han estado planteando, más o menos abiertamente, enmiendas a la totalidad.
 
 
Desde Hipócrates hasta el siglo XX, la medicina funcionó mayoritariamente como una profesión liberal en la que el médico decidía lo que había que hacer con total autonomía para organizar su propio trabajo y para definir los límites y el contenido de su propia actuación. Con la consolidación de los sistemas sanitarios, es el Estado el que asume la responsabilidad de la salud de la población y el médico pasa a ser un asalariado que debe dar cuenta de sus actuaciones, ya que sus decisiones se sufragan con recursos públicos que se recaudan con los impuestos. Igual ocurre cuando el médico pasa a ser asalariado de compañías de seguros o de corporaciones privadas.
 
Este cambio ha tenido unas consecuencias trascendentales en la redefinición de las señas de identidad de las profesiones sanitarias en las que ya no encaja bien cierta visión de libertad absoluta de práctica clínica que aún perdura. La práctica profesional basada en la experiencia individual y en el “arte” del médico ha dado paso a un nuevo paradigma en el que las actuaciones deben estar sustentadas en una evidencia científica contrastada que debe ser evaluable.
 
Así que llegados a este punto, si realmente consideramos que el sistema sanitario es un logro social que hay que salvaguardar, no queda otro camino que seguir esforzándonos para actuar con rigor y con criterios profesionales en cada una de las miles de decisiones que cada día tomamos, ya sean clínicas o de gestión.
 
Pero como en tantas otras cuestiones, son los ciudadanos en su conjunto los que, desde su propia experiencia y su propia razón, deben decidir el futuro de los servicios públicos sabiendo que cada opción se fundamenta en diferentes valores éticos que también tienen distintas consecuencias económicas y sociales.
 
(Publicado en Diario Sur el 6 de febrero de 2014)

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Lo esencial y lo superfluo


En el año 1857, el economista alemán Ernst Engel formuló las leyes de la evolución de los bienes de consumo al observar que la parte del presupuesto familiar destinada a pagar los gastos alimentarios disminuía conforme aumentaban los ingresos, la destinada a la adquisición de bienes de confort como ropa o muebles permanecía estable, mientras que el porcentaje para servicios como la salud o los bienes culturales, aumentaba.

El hecho de que la asistencia sanitaria se comporte como un bien de consumo que cumple la tercera ley de Engel explica, ya desde el siglo XIX, por qué los gastos en salud crecen más deprisa que la riqueza de un país. Y todo esto antes de la aparición de la alta tecnología, del aumento espectacular de la esperanza de vida y de la proliferación de enfermedades crónicas que han generalizado pruebas, tratamientos y cuidados a gran parte de la población.

Así que incluso en las épocas de bonanza económica, siempre ha existido tensión entre la tendencia inflacionista de los gastos sanitarios y la racionalidad matemática, que además de disponibilidad presupuestaria, parece exigir una relación más o menos directa entre el coste de los servicios sanitarios y el beneficio sobre la salud.

Pero en épocas de dificultades económicas en las que la riqueza del país lo que hace es disminuir, la tensión que genera el recorrido inverso de las leyes de la evolución del consumo está mas que servida. En estas circunstancias entonces, es pertinente y necesario preguntarse si todo gasto en salud está éticamente justificado, si los millones de actos clínicos que realizamos sirven de verdad para conservar la salud, para curar y cuidar a los enfermos, para aliviar su dolor.

Cuando los recursos públicos son limitados, también hay que tener en cuenta que la partida presupuestaria destinada a la asistencia sanitaria compite con otras como las destinadas a la educación, a la lucha contra la pobreza o al medio ambiente, que también son factores determinantes de la salud de una comunidad.

Que la sanidad se financie mediante los impuestos que pagan los ciudadanos, refuerza la necesidad de que la actividad sanitaria demuestre que realmente sirve para los fines para los que está pensada, y que además, cumple con los valores que deben estar presentes en todas las actuaciones de las organizaciones sanitarias, que incluyen un reparto justo de los recursos públicos.

Si algo podemos aprender de la crisis es que el mundo no volverá a ser igual. Ante los intentos de cambiar de modelo sanitario y privatizar la gestión, no podemos responder simplemente con el argumento de que toda actividad sanitaria es un bien en sí mismo que hay que proteger, sino que hay que hacer algo más.

Hoy en día, la prestación de servicios sanitarios se ha convertido en una tarea de gran complejidad en la que intervienen múltiples profesionales, a veces con perspectivas muy diferentes, que tejen un entramado de procedimientos administrativos, consultas, pruebas y tratamientos que recaen sobre un mismo paciente. Solo con el conocimiento científico y la reflexión podremos discernir entre lo que son las intervenciones sanitarias de indudable valor que contribuyen a mitigar el sufrimiento y que mejoran la vida y la dignidad de las personas, y la actividad redundante o de dudosa utilidad que ha crecido al amparo de la tendencia inflacionista, ya recogida por Engel, y que ha propiciado una excesiva medicalización de la sociedad.

La intervención sobre los determinantes de la salud, la mejora cualitativa más que cuantitativa en hospitales y centros de salud y un uso riguroso de medicamentos y medios diagnósticos, son unas líneas básicas pero necesarias para defender la viabilidad de un modelo público.

En 1923, el escritor y premio novel francés Jules Romains publicó la obra de teatro El Dr. Knock o el triunfo de la medicina, que cuenta la historia de un joven médico que llega a un pequeño pueblo en el que no había demasiado trabajo. La comedia cuenta como en pocos meses, con la colaboración de los medios de comunicación de la época, de las charlas del maestro sobre microorganismos, y con la ayuda del farmacéutico y de las fuerzas económicas, consigue cambiar las costumbres y preocupaciones de todos los habitantes, que pasan de ser personas ocupadas con los avatares propios de la existencia, a ser enfermos en potencia, ya que “no hay persona sana sino paciente insuficientemente estudiado”.

Aunque la verdad es que el mundo siempre ha sido complejo y a veces la diferencia entre lo esencial y lo superfluo no es tan fácil de percibir.


(Publicado en Diariosur el 7 de Noviembre de 2013)


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