El mejor sueño de Hipócrates


     Según una reciente encuesta realizada por la Sociedad Andaluza de Medicina Familiar y Comunitaria, el 90% de los médicos de esta especialidad opinan que su situación laboral y profesional es mala.

   Una afirmación como esta puede parecer obvia en unos momentos históricos dominados por el pesimismo. Seguramente los resultados podrían ser extrapolables a otras especialidades, a otras categorías profesionales y casi a la totalidad de las personas que tienen puestas sus expectativas de desarrollo personal y profesional en la fuerza de su trabajo.

     Sin embargo, si hacemos un poco de memoria en busca de una edad dorada de la Medicina de Familia, de una Ítaca a la que regresar en épocas de confusión, vemos que la cuestión no es tan obvia. El malestar al que hace referencia la encuesta no se ha desencadenado de repente de un día para otro por una mala coyuntura económica, sino que se ha gestado y ha ido creciendo poco a poco como la herrumbre y casi se ha convertido en una seña de identidad.

     La especialidad de Medicina de Familia se creó en España en 1978, décadas después que en Canadá, Inglaterra o Estados Unidos, pero fue a partir de 1995 cuando se convirtió en un requisito obligatorio para poder trabajar en la sanidad pública. Su razón de ser fue incorporar al sistema MIR a un especialista en personas que pudiera dar asistencia sanitaria de calidad al individuo, la familia y la comunidad, de forma continuada a lo largo de la vida, tanto en la consulta como en el domicilio, tanto para problemas agudos o urgencias como crónicos, y desde una perspectiva que integrara los aspectos biológicos, psicológicos y sociales de la salud y la enfermedad.

    El nuevo médico de cabecera nació pues con una necesidad inicial de reivindicarse frente a las especialidades hospitalarias que hasta ese momento habían tenido el monopolio de la ciencia. Desde entonces se han construido centros de salud, ha aumentado el número de médicos de familia y ha disminuido la población asignada, se han dotado plazas sólo para las urgencias, la historia clínica digital ha hecho posible que desde las consultas de atención primaria se tenga acceso a la información generada en las urgencias, las consultas externas y la hospitalización, y también al historial de laboratorio y radiológico. La prescripción electrónica ha eliminado la tarea burocrática de repetir recetas ya que el paciente va directamente a la farmacia. En muchos centros hay docencia e investigación. Las horas de guardia se pagan al mismo precio que en el hospital y el derecho a no continuar trabajando por la mañana después de una guardia se consolidó hace seis años. Podríamos hablar también del acceso a pruebas complementarias o de los resultados de las encuestas de satisfacción de usuarios que año tras año dan resultados excelentes.

     Es cierto que todo esto no ha ocurrido de forma homogénea ni universal, pero es curioso observar que los centros de salud más desarrollados no han sido inmunes al malestar. Las quejas de que la administración no quiere apostar por atención primaria y la enumeración de desventajas con respecto a las especialidades hospitalarias siempre han formado parte del argumentario de agravios. Pero la principal diferencia entre el hospital y atención primaria surge de la misma razón de ser de la Medicina de Familia, es decir, que su objeto de trabajo es la globalidad del individuo, y claro está, los seres humanos son complejos. A las consultas no entran enfermedades para ser diagnosticadas, sino personas con problemas que cuentan síntomas diversos, miedos y secretos en busca de respuestas que a veces no existen o no son las esperadas.

     Durante los años de crecimiento económico, las expectativas sobre la salud han rozado la ilusión de la inmortalidad. La creencia de que la última innovación tecnológica, el último descubrimiento tiene que ser bueno en sí mismo para toda la población, ha tensionado el sistema sanitario hacia un intervencionismo y una especialización radical, que han eclipsado las visiones más prudentes y generalistas.

     Pero la deriva que está tomando la historia, con millones de parados y otros tantos con miedo a serlo, y desde luego con peores condiciones de vida para la mayoría, está llevando a los individuos, a sus familias y a su comunidad a una realidad en la que el conocimiento, los valores y el saber hacer de los médicos de familia van a ser más necesarios que nunca. Así que es el momento de asumir la responsabilidad, de estar a la altura que la ocasión requiere y conseguir, por fin, una trascendencia social, que ni siquiera Hipócrates, en el mejor de sus sueños, pudo imaginar.


(Publicado en Diario Sur 22 diciembre 2012)

Como el bálsamo de Fierabrás


     Hace unos años un reportaje del periódico "The Observer"  sacó a la luz la noticia de que había Prozac en el agua potable de Gran Bretaña.  Los responsables de medio ambiente reconocieron que el antidepresivo estaba llegando a los ríos desde el agua residual tratada, y que se podía encontrar de forma muy diluida tanto en los sistemas fluviales como en las aguas subterráneas, pero que no tenía ninguna trascendencia para la salud.

     Prozac es el nombre comercial de la fluoxetina, un medicamento para tratar  el Trastorno Depresivo Mayor, y que al parecer se estaba consumiendo de forma masiva, algo así como millones y millones de cajas.

     Si consultamos la prevalencia de la depresión, definida con criterios médicos, y el número de envases vendidos, vemos que matemáticamente es imposible que el famoso medicamento se estuviera usando con rigor.

     Y es que una cosa es la depresión con significado clínico y otra cosa son los  avatares propios de la vida que producen un estado de ánimo triste, y mas si se tienen unas expectativas desmesuradas de ser feliz.

    El tema, aparte de ser un problema de salud pública y de tocar de lleno la concepción misma de la existencia, tiene un importante trasfondo económico que es trasladable también a nuestro país y a muchas otras especialidades farmacéuticas. Son millones de euros los que las arcas públicas dedican a sufragar medicamentos necesarios y  de reconocida efectividad, pero que parece que se toman con un criterio bastante flexible.

    El omeprazol es un inhibidor de la secreción de ácido clorhídrico que previene la gastropatía por antiiflamatorios en personas mayores o con antecedentes de ulcera o hemorragia, pero que sin embargo se ha generalizado  como  "protector gástrico" para toda la población, con poco soporte científico.

     La simvastatina es un fármaco contra el colesterol cuyo uso sin haber sufrido un infarto es más que discutible. Y así podríamos seguir con los medicamentos contra la demencia, los antibióticos o los ansiolíticos. Todos ellos importantísimos, pero con unas indicaciones especificas y un balance de riesgos y beneficios.

     Es cierto que  gracias al impulso de las empresas dedicadas al sector muchos  profesionales han podido investigar y encontrar formulas químicas que han supuesto un espectacular avance en la lucha contra la enfermedad y el sufrimiento, una mejora en la calidad  de vida para millones de personas y una contribución al aumento espectacular de la supervivencia.

    Pero también es cierto que la razón de ser de cualquier empresa es cuadrar el balance de ingresos y gastos, y en este aspecto las multinacionales farmacéuticas saben muy bien lo que se traen entre manos. Algunas de las estrategias que han puesto en marcha para aumentar las ventas merecen ser estudiadas como obras de arte del ingenio humano.

    Durante años ha venido funcionando con gran éxito: el uso sistemático de los medios de comunicación para hablar de nuevas enfermedades  y síndromes, muchos de ellos ficticios; la difusión a la población de las bondades de determinados medicamentos para que sean los propios ciudadanos los que saquen directamente los productos en la farmacia y luego pidan la receta al medico; o hacer llegar a los profesionales información parcial de los hallazgos, minimizando los riesgos y exagerando los beneficios, para crear una corriente de opinión favorable a todo lo nuevo.

   En estos momentos de incertidumbre, es importante recordar, que la factura de los medicamentos recetados en muchos centros sanitarios es superior al coste de la nómina de todos sus trabajadores.  Así que uno de los aspectos mas relevantes para contribuir a la viabilidad del sistema público, no está en sitios lejanos, sino a pie de obra, en el día a día de  profesionales altamente cualificados, que tienen como misión tomar decisiones basadas en la mejor evidencia científica disponible, incluso en los casos en que las pruebas indiquen que es mejor no recetar.

     Porque puestos a dejarnos arrastrar por la idea de que todos los descubrimientos de la farmacología son el "Bien Absoluto", casi sería mejor añadir, junto al cloro del agua potable, un cóctel con cantidad suficiente de Prozac, omeprazol, simvastatina, y ya puestos ibuprofeno. Así tendríamos un bálsamo de Fierabrás como el que tomó don Quijote, pero al alcance de todas la personas sin distinción de origen, sexo, religión o nacionalidad.


(Publicado en Diario Sur el 5/11/2012)


http://www.scribd.com/doc/117136455/Diario-Sur-5-Nov-1

El trabajo y la inteligencia


     El acceso universal a la asistencia sanitaria como un derecho de los ciudadanos ha durado en nuestro país desde 1986, en que se aprobó la Ley General de Sanidad, hasta este año 2012 en el que se ha reintroducido el concepto de asegurado.

     Esta nueva situación no persigue sólo reducir gastos en tiempos de crisis, sino que supone un cambio de calado en la concepción misma de la sociedad.

     La asistencia sanitaria, la educación y los servicios sociales han sido los pilares del estado del bienestar que comenzó en Europa después del drama de la Segunda Guerra Mundial. El objetivo era crear una estructura social cohesionada y justa, que evitara la marginación de los más desprotegidos, los estallidos sociales y el acceso de los totalitarismos al poder.

     El Estado se convertía así en protector, en salvaguarda pública contra la enfermedad, la ignorancia y la pobreza de todos los ciudadanos desde que nacen hasta que mueren.

     El paradigma de este pensamiento ha sido el Sistema Nacional de Salud Inglés en el que tanto nos hemos mirado y que no ha estado exento de controversias ideológicas a lo largo del tiempo.

   El Laboralismo de posguerra consolidó la idea de lo público, del bien común y del Estado como benefactor de los ciudadanos, y se mantuvo hasta la llegada del Liberalismo de Margaret Thatcher, que sostenía que el sistema público era poco eficiente, estaba burocratizado y que un exceso de protección daba como resultado personas débiles que no luchaban por arreglar por sí mismas sus problemas.

    Con la llegada de Tony Blair al poder, los laboralistas actualizaron su apuesta por lo público, pero para evitar los problemas de la primera etapa, introdujeron mecanismos de competencia propios de la empresa privada, como el salario variable para los empleados públicos en función de resultados y la generalización de la cultura de la eficiencia. También se intentó corresponsabilizar a los ciudadanos con su propia salud y con el uso de los servicios sanitarios. La propuesta de no dar determinados servicios a los fumadores causó gran controversia.

    Recientemente, con la vuelta de los conservadores, el Sistema Nacional de Salud Inglés ha emprendido otra reforma en busca de la eficiencia mediante la privatización de los servicios, creyendo que el motor que hace funcionar las cosas es la búsqueda de beneficio de las empresas privadas.

    En España el estado del bienestar se inició bastantes años después y es ahora cuando estamos viendo por primera vez de forma súbita, apelotonada y trágica para algunos, las tensiones entre las dos concepciones antagónicas del sistema sanitario que se han precipitado con la llegada de la crisis.

    Los gobiernos autónomos progresistas mantienen la visión de un Sistema Nacional de Salud de acceso universal y gestionado por trabajadores públicos, que aunque con problemas de financiación, ha conseguido con un porcentaje del PIB inferior al de la mayor parte de los países desarrollados, una mejora generalizada de todos los indicadores sanitarios, incluida la esperanza de vida al nacer.

    El Gobierno de España y  las autonomías con gobiernos conservadores apuestan por una reforma global del Sistema Nacional de Salud, tanto del acceso, la cartera de servicios o la forma de gestión. Es significativo el ejemplo de Valencia, donde el cambio a la gestión por empresas privadas es una realidad que sin embargo no ha protegido contra el déficit de las cuentas públicas, sino todo lo contrario.

   Pero aún en estos momentos tan complicados, no podemos olvidar que el sentido y el objetivo de los sistemas públicos no es otro que proteger a los ciudadanos de la enfermedad, la ignorancia y la pobreza para conseguir una sociedad cohesionada que pueda  vivir en paz.

   Quizás sea verdad que las circunstancias obligan a buscar un nuevo rumbo, pero para que este nuevo rumbo no nos lleve cien años hacia atrás, va a ser necesario un inmenso trabajo por parte de todos, pero también inteligencia para saber utilizar el conocimiento que  se ha generado a largo la historia.

    Y claro está, un siglo atrás, lo que podemos encontrar es la realidad que inspiró las palabras que Valle Inclán escribió en Luces de Bohemia, cuando en un calabozo coinciden Max Estrella, el poeta ciego,  con un obrero encarcelado por una revuelta que le dice: "En España el trabajo y la inteligencia  siempre se han visto menospreciados".

(Publicado en Diariosur el 20/09/2012)


http://diariosur.kioskoymas.com/epaper/viewer.aspx

Torcuato Articulo el Trabajo y la Inteligencia

Por ásperos caminos


     En las últimas dos décadas la esperanza de vida ha aumentado casi en cinco años. Prácticamente todos los indicadores sanitarios han mejorado. Lo mismo ha ocurrido con las infraestructuras, la educación o la lucha contra la desigualdad. No ha habido ninguna época histórica en la que de forma tan sostenida haya ocurrido igual, ya que también veníamos de mejoras en los años previos.

     En un primer impulso podríamos tener la tentación de hablar de rotundo éxito, tanto sanitario como social. Pero si recordamos cual ha sido la opinión tanto de entornos profesionales, como de una parte de la sociedad, nos daremos cuenta de que nada más lejos de la realidad.

     A pesar de que de forma repetida los sanitarios sean la profesión más valorada por la sociedad y de los logros de la ciencia médica y la salud pública en general, durante estos años han sido constantes las críticas y las quejas.

    Durante años he oído a mis compañeros de profesión hablar sobre la falta de reconocimiento de la sociedad a nuestra labor y sobre la perversidad de la administración como ente que tiene como principal norma de funcionamiento impedir la realización de las inquietudes personales y profesionales de sus trabajadores.

    También he oído durante años quejas por parte de muchos ciudadanos que han sentido que la enfermedad y la muerte es el resultado de un mal funcionamiento del sistema sanitario.

     En definitiva no hemos estado demasiado satisfechos con nuestros logros, y por supuesto siempre hemos situado las culpas de la insatisfacción en los demás.

    Pero, como un terremoto que lo cambia todo, ha llegado la crisis. Ahora oímos continuamente que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que tenemos que hacer examen de constricción y propósito de enmienda. Es decir tenemos que pedir perdón, pagar por nuestras culpas y aceptar los recortes como penitencia.

    Parece que esos cinco años que vivimos más que hace veinte años han sido también un despilfarro del estado de las autonomías. Unos años sin sentido que sólo han generado gasto.

   Así que quizás sea el tiempo en el que todos debamos asumir la cuota de responsabilidad que nos corresponda y lanzarnos a la aventura de mejorar las cosas que tenemos a nuestro alcance.

   Y es que los tiempos que se avecinan y que de hecho ya han llegado, me recuerdan a “los ásperos caminos" de los que nos hablaba Garcilaso.


(Publicado en DiarioAxarquia.com 14/08/2012)


 http://www.diarioaxarquia.com/opinion/columnistasArticulos/2012/08/14/por-asperos-caminos-ida8551.html